viernes, agosto 21, 2020

La paloma gaucha



23 de noviembre de 1941


Está a punto de llegar la medianoche y sigo en la redacción, sentado frente a mi máquina de escribir, sin poder hilar las palabras para contar lo que hace pocas horas viví. De a poco, la oficina va quedándose en penumbras. Apenas unos pocos compañeros se escuchan a lo lejos.

- ¡Ricardo! - me llama el fotógrafo. - Con los muchachos vamos a tomar una cerveza. ¿Venís?

Le doy las gracias, pero me niego. Me mira con preocupación, sabe que esta tarde estuve en el Aeródromo de Morón. Fui a cubrir la visita del grupo de aviadoras uruguayas, con la idea de hacer algunas entrevistas y publicarlas en la próxima edición de la revista. Pero, en cambio, me encontré siendo testigo del último vuelo de nuestra Carola.

Le aseguro que estoy bien y, aunque no lo convenzo, se va con los demás.

Necesito escribir sobre ella, esa gran mujer que llegué a admirar, esta misma noche. De todos modos, es imposible dormir.

Recuerdos desordenados me pasan por la mente, su sonrisa franca y confiada, la sencillez con la que contaba sus hazañas, la admiración del público… Pero mejor comienzo por el principio.

Conocí a Carola (Carolina Elena Lorenzini era su nombre completo) hace poco más de un año cuando El Gráfico, la revista para la que trabajo, me encargó entrevistarla. No era la primera vez que iba a ser portada, ya en ese entonces era famosa. Y no era para menos, fue una pionera que recibió su carnet de aviadora civil en 1933 y más tarde, el de instructora de vuelo, convirtiéndose en la primera mujer de todo América del Sur a la que se le otorgó ese título.

Por supuesto que no había sido fácil lograrlo. En el camino, había tenido que luchar contra todos los prejuicios que les imponían a las mujeres trabajos y aficiones más “femeninas”. Tampoco su situación familiar había sido propicia. Hija de un matrimonio humilde, era la séptima de ocho hermanos y desde muy joven colaboró con la economía de su hogar. Esta niña, que apenas pudo cursar hasta cuarto grado de la escuela primaria, ya entonces demostraba talento para los deportes y soñaba con volar como los pájaros. Un sueño al que se aferraría con tenacidad durante el resto de su vida.

Llegando al fin de su adolescencia, Carola se esforzaba sin descanso. Durante el día trabajaba y a la noche, asistía a una academia a aprender taquigrafía y mecanografía, con la esperanza de conseguir un mejor futuro laboral. Este no se hizo esperar y llegó de la mano de una de sus profesoras quien, impresionada por su dedicación, la recomendó para ingresar a la Unión Telefónica.

Fue en 1930 cuando su sueño comenzó a cumplirse: tuvo su vuelo de bautismo en el Aeródromo de Morón de la mano del piloto Victorino Pauna. El destino de Carola quedó sellado en ese instante. 

La propia Carola me había contado en nuestra entrevista las dificultades a las que tuvo que enfrentarse a partir de ahí. Se levantaba de madrugada para tomar el tren que la dejaría a las cinco en el Aeródromo de Morón. Allí recibía su lección diaria y después, se encaminaba a su trabajo. Para poder cubrir los gastos de las clases, había vendido sin dudar varias de sus pertenencias.

El sacrificio dio sus frutos: en poco tiempo obtuvo el carnet. “Soy la esposa del aire”, le dijo emocionada al diario Ahora. Su entusiasmo no disminuyó, siguió practicando y acumulando horas de vuelo. Tanta dedicación era admirable para la mayoría, no así para sus jefes de la Unión Telefónica, que le reclamaban sus tardanzas.

Sus logros la llevaron a aparecer en diarios y revistas y a ganarse el cariño de la gente. En 1935, logró el récord sudamericano femenino de altura, llegando a 5.800 metros, por lo cual el Aero Club Argentino la premió con una medalla. A finales del mismo año, cumplió una nueva meta: fue la primera mujer en cruzar sola el Río de la Plata.

Pero no todo era color de rosa. Sus superiores de la empresa telefónica la ultimaron a elegir entre el trabajo y la aviación. Era impensable dejar atrás su sueño, así que tuvo que aceptar el despido. Entre algunos problemas económicos y algunos accidentes, como aquella caída que la había dejado sola y a pie en los bañados de Corrientes, Carola logró salir adelante. Consiguió unir volando todas las provincias argentinas, visitó países limítrofes, se destacó por sus acrobacias y recibió homenajes.

Intento entender qué pudo ocurrir esta mañana, para que ese looping invertido por el que era famosa, hoy saliera mal. Poco después del mediodía llegué al Aeródromo, con la intención de despedir a la delegación de aviadoras uruguayas. Allí encontré a Carola, preparándose para realizar algunas acrobacias como homenaje a sus colegas. La saludé brevemente, estaba algo alterada porque le había costado conseguir el permiso del Aero Club para despegar. A mí no me era desconocida la noticia de la suspensión que había recibido y que la había tenido inactiva por cuatro meses. Injusticias de un mundo demasiado estrecho de miras. Al fin le habían asignado un Focke Wulf Fw44, que no era el modelo que ella acostumbraba pilotear.

Cerca de las cuatro de la tarde, despegó y, después de unas maniobras, emprendió un looping invertido. Desde mi ubicación entre el público, la aplaudimos con fervor. Pero la acrobacia nunca llegó a su final. El avión no pudo volver a su posición normal y cayó invertido. Entre gritos y llantos, corrimos al lugar del choque. Los pedazos del Focke estaban dispersos por todas partes. El cuerpo sin vida de Carola fue rescatado y envuelto en el paracaídas por unas enfermeras.

Me siento desconsolado y no puedo evitar las lágrimas, mientras pienso cómo darle la despedida a esta gran mujer. Al fin, pongo una hoja en mi máquina y tipeo: “La paloma gaucha plegó sus alas para siempre”.



Nota: El narrador está inspirado en Ricardo Lorenzo Rodríguez (Borocotó), periodista de El Gráfico. Los datos indican que había entrevistado a Carola en 1940 y que fue el autor del artículo que describe el accidente que puso fin a su vida, publicado el 28 de noviembre de 1941. Su presencia en el Aeródromo de Morón durante el suceso es ficticia.

miércoles, marzo 18, 2020

La Posada del Cuervo

... es hermoso.  Levemente repugnante, pero me fascina.
No pensaba llegar tan tarde. Pero después de la tormenta y el viaje accidentado que tuve (esperé casi cinco horas en el medio de la nada hasta que arreglaron el auto), debí alegrarme de que siguiera abierto el único hotel de este pueblo. Es una burla llamarlo así. No es más que una de esas casas viejísimas, casi en ruinas, que se mantiene en pie de casualidad. Es tal su imagen de abandono que pensé que ningún ser viviente (excepto las ratas) sería capaz de habitarla.
Pero adentro había luz. Y sobre la puerta principal (hay otra que da a la calle pero por su aspecto supongo que está clausurada), vi un cartel en el que más o menos podía leerse en letras góticas: “La Posada del Cuervo”. Inmediatamente recordé a Poe y pensé que el nombre le sentaba.
En fin, llamé a la puerta (la madera está gris de tan reseca) y enseguida me abrió una mujer de edad indefinida que, sin mirarme, me señaló a un hombre sentado junto al hogar y desapareció por una puerta lateral.
Sin esperar a que me invitaran de nuevo, me acerqué a él. Como ya te dije, es bastante llamativo. Todavía joven (tendrá cuarenta o un poco más), muy delgado y blanco y con unos ojos negros imposibles. Tiene el pelo muy oscuro también, enrulado y un poco largo, y unas facciones finas que le dan un aire distinguido.
- Qué gusto – me dijo mientras dejaba su vaso  en la mesita, junto a la botella -. No esperaba huéspedes en una noche como ésta.
 Me imagino que hacía rato que estaba tomando, pero no se le notaba.
- La tormenta me sorprendió en el camino – le expliqué, tratando de ser amable.
- Como todo en la vida – comentó -. Pero, en fin, supongo que quiere una habitación para pasar la noche.
- No. En realidad, pensaba quedarme aquí hasta que consiga una casa -. Él me miró asombrado y agregué: - Si no hay inconveniente...
Entonces me dirigió una  mueca extraña que pretendió ser una sonrisa.
- No, claro.
- ¿Es usted el propietario? – le pregunté, más por seguir la charla que por interés.
- Supongo que sí – contestó con desgano -. No conozco a nadie que quiera disputarme ese honor.
Pensé que lo decía en broma así que me reí un poco. Pero él siguió serio.
- Entonces está pensando en vender.
Por sus ojos corrió un brillo aunque no pude identificar de qué.
- ¿Vender? – repitió con ironía y se rió, aunque fue más bien de amargura -. Realmente no sabe dónde está, ¿no es cierto?
Por un momento, no supe qué me quería decir.
- Ah, es verdad – dije, al fin -. No es lo que llamaríamos un pueblo próspero.
Él volvió a sonreírme, como si en el fondo se estuviera riendo de mí. Pero después me preguntó:
- Si piensa eso, ¿por qué quiere quedarse?
Parecía genuinamente interesado.
- Me enteré de que el colegio necesitaba un maestro de música. Así que los llamé y me aceptaron.
- Es muy joven - comentó, aunque  no entendí qué relación tenía.
- Acabo de recibirme – contesté -. Como usted sabe, no es fácil conseguir trabajo en la ciudad.
Él no respondió. Sólo se puso de pie y tomó uno de los candelabros.
- Tendrá que conformarse con esto - me dijo -. La tormenta nos dejó sin electricidad.
- No importa – le aseguré -. ¿Cree que será por mucho tiempo?
Volvió a sonreír, pero esta vez casi con ternura.
- El tiempo, aquí, tiene otra sustancia. Venga conmigo.
- No me gustaría molestarlo – me apuré a decirle, antes de que se moviera -, pero no he comido nada desde la mañana. ¿Cree que su esposa podría prepararme algo, aunque sea sencillo?
Él me miró sorprendido y se largó a reír.
- ¿Mi esposa? – preguntó, con repugnancia -. ¿Esa bruja?
- Discúlpeme – le pedí, lamentando de verdad mi error.
Pero él no me contestó. Fue hacia la puerta por la que antes había salido la mujer y yo lo seguí. Daba a una galería, abierta al patio por un costado, que servía de porche para una larga sucesión de habitaciones.
Caminamos un largo trecho dejando atrás tres cuartos, aunque me pareció que estaban desocupados. Hacía frío afuera. A pesar de que ya no llovía, soplaba un viento húmedo y desagradable. El piso de la galería, hundido en algunas partes, estaba lleno de charcos de agua sucia.
Finalmente mi guía abrió una de las puertas (que no está en mejores condiciones que la de entrada) y pasó adentro conmigo.
Con la luz de una única vela no pude ver mucho, excepto que es inmensa. Lo que sí sentí fue el frío (adentro es más fuerte que afuera) y un desagradable olor a humedad, como si hubiese estado cerrada por mucho tiempo.
- Mañana podrá encender la estufa – dijo mientras dejaba el candelabro sobre una mesa -. Esta noche es imposible. La lluvia mojó toda la leña.
Pensé que alguna seca debía quedar para su propio uso, pero no tenía ganas de discutir.
- El baño está al final de la galería – comentó mientras salía -. Que descanse.
La puerta se cerró y el lugar me pareció más oscuro y húmedo.
Me puse a escribirte ahora porque sospecho que no voy a poder dormir. Pero la vela se termina y tengo que despedirme. Mañana le entregaré la carta a mi casero para que la mande. Tengo que preguntarle su nombre. Parece haber tenido una educación muy refinada pero la vida que lleva lo ha embrutecido un poco.
Cuidate mucho y hasta pronto,
                                                                  Damián

PD. : Cuando consiga un teléfono, te llamo.
        




Al día siguiente, el clima no era mejor. A decir verdad, había empeorado igual que ánimo. La noche había resultado un poco peor de lo previsto, con el viento colándose en mi dormitorio sabe Dios por dónde y el ruido del agua que se filtraba por las goteras y caía en baldes de metal. Casi toda la noche di vueltas en la cama, tratando de encontrar algo de calor, lo que por supuesto fue imposible.
Al fin, acosado por el frío y el disgusto, me levanté. Después de horas interminables de insomnio y de incomodidades a las que no estaba acostumbrado, ya había pensado en tratar de encontrar otro alojamiento (aunque no iba a ser fácil)  o volver a la ciudad. Porque si le pedía algo al dueño de esa ruina, seguro me iba a contestar con una frasecita cínica.
Por alguna casualidad, el calefón del baño funcionaba y me pude dar una ducha caliente. Cuando terminé eran apenas las seis y media y, aunque me mojé un poco mientras caminaba por la galería (seguía lloviendo), llegué a la sala en condiciones aceptables.
No había nadie, ni el dueño ni la mujer a la que había llamado bruja, pero en la chimenea ardía un buen fuego y el ambiente era agradable. Todo lo agradable que podía ser.
Cerca de la puerta de entrada había lo que con buena voluntad podría llamarse un comedor. Tres mesas redondas y dos o tres sillas con cada una. Supuse que ahí servirían el desayuno (si era que lo servían) y ocupé una de las mesas.
Esperé algo así como quince minutos y, al fin, mi casero apareció por una puerta cercana a la chimenea. Después iba a descubrir que sólo él la utilizaba, pues comunicaba ese gran ambiente que servía de recepción, comedor y sala de estar con sus habitaciones privadas.
- Veo que decidió madrugar – me dijo con una sonrisa. Si se estaba burlando no lo demostraba.
- No lo decidí – respondí con voz seria, pero sin agredirlo -. Hace tanto frío en mi habitación que no pude dormir.
Él se acercó y se sentó a la mesa conmigo.
- Que lástima.
Pero era obvio por su tono que no lo sentía. Lo miré sin contestarle y me pregunté cómo era posible que tuviera esa piel de porcelana con la cantidad de alcohol que consumía. Al menos que me hubiese equivocado al calcular su edad o que la noche anterior hubiera sido una excepción en una vida de sobriedad.
Él notó que lo observaba y me sonrió.
- Parece sorprendido. Demasiado para alguien que huye de su pasado.
Eso sí me sorprendió.
- ¿De qué supone que me estoy escapando? – le pregunté, rogando que mi voz sonara fría y desganada.
Él se recostó contra el respaldo de su silla sin dejar de mirarme y, en ese momento, entró la mujer con el desayuno.
Nos sirvió en silencio y no me contestó cuando le agradecí.
De nuevo nos quedamos solos. Pero en lugar de seguir con la conversación, él dedicó toda su atención a revolver el café al que no le había puesto azúcar.
No supe si era mejor volver a interrogarlo o cambiar de tema. Pero él me ahorró la necesidad de elegir.
- ¿Va a salir? – me preguntó, sin levantar la vista de su taza.
- ¿Con esta tormenta? Además, no veo para qué. Es domingo y lo poco que haya en este pueblo debe estar cerrado.
Él se rió.
- ¿Así que ya está pensando en volver?
Me sentí ofendido. ¿Cómo era posible que me leyera la mente?
- Se me ocurrió una docena de veces durante la noche. Pero no.
Esperé que mi tono de voz lo desanimara de hacer algún comentario.
- Mejor así – se limitó a decir y tomó un trago de su café.
Por un momento me alegró su indiferencia, pero después pensé que estaba demasiado solo para darme el lujo de rechazar su compañía.
- Tal vez pueda hacerme un favor – le dije con suavidad.
Él volvió a mirarme y arqueó las cejas como si la idea lo sorprendiera.
-  ¿Sí?
- Tengo unas cuantas cartas – le expliqué mientras las sacaba del bolsillo -. ¿Podría mandarlas?
Las agarró después de  dudar un segundo y las dio vuelta para leer el remitente.
- Damián... No le aseguro que lleguen.
Me reí.
- ¿Tan malo es su correo?
A él no le pareció gracioso.
- Por lo que sé, deja bastante qué desear.
Otra vez el tonito irónico. Pero lo ignoré.
- Entonces, es mejor que les hable. ¿Sabe dónde puedo conseguir un teléfono?
- No – me contestó con sencillez.
Era tan obvio que se burlaba de mí que tuve ganas de golpearlo.
- ¿Cómo no? – le pregunté en cambio -. Debe hacer años que vive acá. ¿Cómo puede ser que no sepa dónde hay un teléfono?
Pero mi enojo no lo afectó.
- Nunca se me ocurrió buscar uno – me explicó con tranquilidad.
- Es bastante difícil de creer – comenté, cortante.
Él desvió la mirada y ese gesto me hizo creer que, debajo de ese cinismo, era vulnerable. De repente, me calmé.
- Discúlpeme – le pedí -. Me olvido de que la vida acá no es igual que en la ciudad.
Él asintió.
- Mañana voy a pedir el de la escuela – agregué.
Se quedó mirándome.
- Ah, el teléfono – dijo después, como si hubiera olvidado que de eso hablábamos.
Hizo a un lado su taza y se levantó.
- Le busqué algunos libros – me dijo -. Si no tiene la costumbre de leer, es mejor que se la haga. Las horas pueden ser muy largas.
Me pareció que su voz escondía cierta angustia. Me dio los libros y los miré. Las flores del mal, Fausto, Manfredo.
- Muy adecuados.
- ¿Verdad que sí? – preguntó con una sonrisa indefinible -. Combinan bien con el ambiente.
Seguía siendo frío y sarcástico como siempre y pensé que ese momento de debilidad sólo había estado en mi imaginación.
- Que tenga buen día – me deseó y se fue, sin dejar de sonreír.

  



Tenía razón. Las horas pueden ser muy largas. Acostado en mi cama para mantener el calor, leí casi todo lo que me dio.
Cerca del mediodía, la mujer me llevó el almuerzo. Le hice un par de comentarios, tratando de arrancarle alguna palabra, pero ella parecía no tener conciencia de lo que pasaba a su alrededor.
Comí unos bocados, sin poder ignorar los ojos rojos que me miraban desde los tirantes del techo. Al fin, dejé el plato casi lleno en el suelo. Las ratas lo apreciaron más que yo.
La tarde fue todavía peor. Dormité de a ratos y me desesperé contando los minutos. Recién entonces comprendí lo que me había dicho. Aquí el tiempo tiene otra sustancia.
Después de una eternidad, llegó la noche y me dio la oportunidad de ir en busca de mi cena y de un poco de compañía.
Pero lo último no era fácil de conseguir. En el salón no había nadie y tuve que sentarme a esperar mientras escuchaba el tic tac del reloj de péndulo.
Estaba quedándome dormido cuando la puerta se abrió. Pensé en él porque suponía que, aparte de nosotros, no había nadie en la casa. Me equivoqué y me sorprendí cuando la vi entrar. Era hermosa y refinada. Incluso el vestido pasado de moda parecía perfecto en ella.
Me puse de pie y la saludé. No me contestó. No me había visto  y supuse que tampoco me había escuchado, porque siguió caminando sin hacerme caso. Se sentó en una de las mesas y enseguida entró la mujer y puso un martini frente a ella.
- Gracias -  le dijo con la voz más dulce que escuché en  mi vida.
Pero la mujer ni siquiera la miró antes de irse y pensé que él había tenido razón al llamarla bruja.
Me acerqué a su mesa, repetí el saludo y le pedí permiso para acompañarla. Ella levantó la copa y tomó un trago. Lo interpreté como un sí y me senté.
- Me alegra saber que hay alguien más en esta casa. Cuando llegué anoche me pareció que  no había otros huéspedes.
Esperé que ella dijera algo o, al menos, que me sonriera. Pero ni siquiera levantó la vista del martini.
Hice otro par de comentarios estúpidos y ella  siguió callada.
Después le pregunté si se sentía bien. Tampoco me contestó. Me ignoraba como si no pudiera verme ni escucharme. Me sentí ofendido.
Entonces llegó él y se puso más blanco de lo que ya era.
- ¿Qué está haciendo? – me preguntó.
Su tono de voz era normal, pero su mirada me asustó.
- Discúlpeme. No creí que le molestara.
Fui a sentarme en uno de los sillones frente a la chimenea y él hizo lo mismo. Aproveché aquellos segundos para tratar de adivinar qué relación los unía. Ella era un poco grande para ser su hija y bastante joven para ser su esposa.
- Pensé que yo era su único huésped – le comenté al fin.
- Ella es... una huésped permanente – me contestó, sin aclararme nada.
- ¿Alguna amiga o pariente?
Él sonrió con desprecio.
- ¿Qué está pensando? ¿Que somos una familia feliz?
No dejé que su cinismo me impresionara.
- No sé qué pensar – le dije -, por eso le pregunto.
Él se puso serio.
- Lo único que sé de ella es que está tan sola como yo.
- Y, ¿su nombre?
- Antoinette.
Pensé que era perfecto para ella.
- Todavía no me dijo el suyo.
- Gabriel.
Le sonreí. El lugar era el más horrible que conocía, pero él me fascinaba tanto o más que la mujer.
- ¿Va a cenar conmigo? – le pregunté.
- ¿Desesperado por evitar la soledad? – retrucó.
No le hice caso.
- Me gustaría conversar con usted.
Él se rió.
- No soy una compañía agradable.
- Es una cuestión de opiniones.
Antoinette eligió ese momento para irse, pasando al lado nuestro como si no existiéramos.
- Una mujer extraña – comenté cuando cerró la puerta.
- Sí – aceptó él -. Pero hay cosas mucho más extrañas.
- ¿Cómo cuáles?
Gabriel se encogió de hombros.
- No me parece bien que yo se lo diga.
Me incliné hacia delante para verlo más de cerca.
- Me asusta – le dije.
Él hizo un gesto de amargura con la boca y se levantó.
- ¿Se va?
Sus ojos negros se clavaron en los míos.
- ¿Para qué voy a quedarme? No puedo contestar sus preguntas y usted no sabe las respuestas a las mías.
Lo dijo con mucha suavidad, como si lo lamentara. Me pareció injusto insistir y volví a quedarme solo.
Pensé en lo que iba a ser mi vida de ahí en más y tuve ganas de llorar. Ni siquiera se escuchaban ruidos en la calle. Todo mi futuro se limitaba a esa casa en ruinas, ese pueblo en el fin del mundo y Gabriel como único compañero posible.
Entonces llegó la bruja con mi cena y, por  lo menos, me distrajo de mis oscuros pensamientos. La miré poner los platos sobre la mesa y le comenté algo sobre el tiempo. Su indiferencia era tan absoluta como siempre. Me desesperé y, cuando estaba por irse, la agarré de un brazo y la obligué a mirarme.
Sus ojos estaban vacíos. No había conciencia. No había un espíritu dentro de ese cuerpo decadente.





Por supuesto que había cosas más extrañas que Antoinette. No tardé en descubrirlo.
A la mañana siguiente, salí temprano pensando que iba a conocer el colegio y ver que albergaba gente más convencional que “La Posada”.
Caminé por las calles de tierra bajo un sol que luchaba por asomar entre las nubes y sentí renacer algo de mi antigua esperanza. Por un momento, casi me reí de Gabriel y su cinismo. Por un momento, mi futuro me pareció perfecto.
Después, lo primero que me llamó la atención fue el silencio. Era un silencio imposible. No se escuchaba el canto de ningún pájaro, ni el ladrido de ningún perro ni mucho menos voces humanas.
Llegué hasta el fin del pueblo y no me crucé con nadie en el camino. El campo estaba igual de desierto. Después me di cuenta: en aquel lugar no había animales. Absolutamente ninguno.
Entonces volví sobre mis pasos y empecé a golpear todas las puertas. Algunas se abrían, otras estaban cerradas. Pero todas las casas tenían algo en común. Estaban abandonadas, sucias, desiertas.
Casi grité de desesperación y por un segundo quise creer que no era más que una pesadilla. Pero no. Sabía que estaba despierto y que era el único testigo de ese mundo inmóvil.
Corrí con todas mis fuerzas, rogando que Gabriel todavía estuviera ahí. Tenía el horrible temor de que hubiera desaparecido como todos los demás. Casi me enloquecí pensando en la soledad absoluta que significaría. Solo como si fuera el único sobreviviente del fin del mundo. De pronto, Gabriel fue la persona más importante de toda mi vida.
“La Posada del Cuervo” seguía en pie, orgullosa en su decadencia. Entré a los tropezones, llamando a Gabriel a los gritos. Cuando lo vi,  me pareció un milagro. Me acerqué a él temblando y casi sin poder respirar. Me alegraba tanto verlo que lo abracé sin pensar. Él se puso tenso y, cuando lo solté, dio un paso atrás.
- ¿Feliz porque tiene un compañero de desgracia? – me preguntó.
- No. Lo que siento... no sé qué es.
- ¿No? Yo lo llamaría debilidad y egoísmo – dijo en voz baja -. O tal vez no se da cuenta del infierno que llega a ser esto con el tiempo. Yo preferiría seguir solo antes de que alguien más lo sufriera.
Sus ojos mostraban más frialdad con nunca. A veces se vislumbraba el hombre que había sido en otra vida, su inteligencia, su fuerza, su generosidad. Pero se había convertido en alguien completamente distinto.
- ¿Por qué no se va? – le sugerí con temor.
- ¿A dónde? – me contestó, enojado -. ¡Sos tan infantil!
Su mirada de reproche me hizo sentir estúpido.
- Por favor, Gabriel – le pedí con toda la suavidad que pude -, no quiero molestarte. Lo único que te pido es que me digas en dónde estamos, qué pasó con la gente del pueblo...
- ¡No sé! – me gritó -. ¿Por qué tendría que saberlo?
Su estallido me sorprendió y supuse que a él también, porque cerró los ojos y trató de calmarse.
- No entiendo – le confesé después de un par de minutos.
Gabriel me miró y dijo con calma:
- Sólo sé una cosa. Estoy muerto.
Tuve ganas de reírme, pero él lo decía con total seriedad.
- ¿Qué te hace creer eso? – le pregunté.
Me sonrió.
- Cinco disparos. En el pecho. No tengo ninguna marca.
Me estremecí de pensar que alguien fuera capaz de hacer eso.
- ¿Quisieron matarte?
- No, Damián. Me mataron.
Pensé en algo que decirle. Me asombraba que insistiera. Gabriel era razonable en todo lo demás.
- No lo puedo creer – dije al fin -. No tiene lógica. Yo estoy acá y no  estoy muerto.
Él me miró con paciencia, como si le diera lástima.
          - En algunas épocas perdí la cuenta del tiempo – dijo -. Pero sé que  hace más de veinte años que estoy acá. No he cambiado en nada, ni tampoco Antoinette o la mujer que nos atiende. Ni siquiera sé de dónde saca la comida que nos sirve. No hay nadie más en el pueblo, ni ninguna forma de comunicarse con otros lugares. Y ella no habla ni entiende lo que se le dice. Antoinette, en cambio, es como yo. Conserva la conciencia. Pero no me ve ni me escucha. Supe su nombre por las cartas que escribía al principio. Y si todo esto no fuera suficiente para convencerme, una cosa sí lo haría. Sentí cada una de esas balas desgarrarme la carne, sentí que me desangraba y que abandonaba ese cuerpo mortal. Sé que estoy muerto, Damián.
Había una lógica implacable en sus palabras. Pero todavía no podía aceptarlo.
- Entonces, ¿qué explicación tiene mi presencia? Yo no estoy muerto.
- ¿Estás seguro? – me preguntó a su vez y podría  jurar que había ternura en su voz.
Me convenció y me puse a revisar mi memoria, todavía creyendo que podría rebatir la teoría de su muerte. Y entonces lo comprendí. El accidente. Yo mismo me había asombrado de no tener ni un rasguño después de los vuelcos que dio mi auto. Igual que Gabriel, yo tampoco tenía marcas. Igual que Gabriel porque ninguno de los dos tenía vida.
Lo miré un largo rato a los ojos, incapaz de reaccionar. Él no hizo nada para tratar de ayudarme.
En un instante, me pasaron por la mente mil cosas y salí corriendo con la ilusión de que era posible escapar.
            Gabriel sonreía.                

miércoles, julio 15, 2009

Sangre de reyes (1ª entrega)

Sangre de reyes (1ª entrega)

Caminaba bajo el sol candente del mediodía que cuarteaba la tierra y distorsionaba el aire frente a él. Paso tras paso, con calma como si no tuviera apuro por llegar a ningún lado, sin inmutarse como si hubiera crecido en el feroz calor del desierto. Tenía la piel curtida y los ojos esquivos. Pero aunque su piel era joven, el negro de sus ojos contaba otra historia. Una y otra vez se había despertado para ser un asesino sin piedad. Había sólo fragmentos en su memoria de esos largos años e interminables épocas en blanco, como si alguien le hubiese robado el alma.
Aquel pueblo era sólo otro pueblo en su camino sin fin. Y cuando entró en aquel bar, encontró lo mismo que había encontrado infinidad de veces. Hombres comunes con vidas comunes que miraban pasar las horas lentamente en el refugio de las sombras, bajo el aire caliente de algún ventilador, inútil alivio en aquellas horas de inclemencia.
Lo miraron como lo habían mirado siempre. Curiosos y desconfiados ante un extraño sin nombre ni patria. Tratando de imaginar el origen de las cicatrices que adornaban sus muñecas. Cicatrices que él mismo se había hecho intentado escapar de las sogas que lo sujetaban, cuando todavía no entendía lo que estaba a punto de ocurrirle.
Se sentó en el rincón más oscuro, respirando con lentitud el aire seco que lo quemaba por dentro. Un aire muy parecido a aquel que había respirado en el momento de nacer.
El silencio era espeso como un mar de lava y en él volvió a escuchar las voces de los sacerdotes recitando sus mil nombres en aquella lengua olvidada. Y con cada uno, el hierro al rojo perforándole la piel...
Ap-uat “el que abre el camino”
Mates “el que empuña el cuchillo”
... dejándole marcas que serían para siempre...
Ur-maat-f “el de ojos poderosos”
User-ba “el del alma fuerte”
... el recuerdo de un destino que no había elegido...
Hetemet-baiu “el destructor de almas”
Jent-an-maati-Heh “el que vive en la oscuridad por millones de años”
El olor de su propia carne quemada le llegó con tanta fuerza como aquel día y volvió a sentir las náuseas y el dolor. Como en una lámina gastada por el tiempo, las imágenes eran tan difíciles de distinguir como imposible era olvidar la soberbia inmensidad del desierto, testigo silencioso de su sufrimiento.
Antes había tenido un nombre aunque ya no lograba recordarlo. En medio de la bruma de su memoria, sabía que alguna vez él también había sido humano. Antes de los sacerdotes y la magia oscura que le había endurecido la piel y el alma. Poderoso e inmortal… Perdido en el tiempo y en sí mismo.
Miró con indiferencia a su alrededor, al hombrecito de piel aceitunada que en ese momento cruzaba la puerta. Algunos susurros agitaron el aire mientras buscaba un lugar apartado, como si fuera posible no llamar la atención.
Al fin se sentó, lejos de él y de todos, y durante algunos minutos lo observó con disimulo como si esperase alguna reacción, algún reconocimiento.
El hombrecito no le era extraño. En su largo viaje sin destino lo había visto algunas veces, siguiéndolo silencioso y furtivo.
Era el momento de detenerse y enfrentar a su sombra. Con la misma indiferente calma que lo guiaba desde el despertar, abandonó su lugar entre aquellos extraños y se refugió en la oscuridad de una casa en ruinas.
Esperaba que el hombrecito fuera tras él y lo hizo. Antes de que supiera qué le ocurría, su mano de hierro lo tomó por el cuello, arrancándole el aire, y lo elevó a la altura de sus ojos.
- Amo… - jadeó, atemorizado.
Un relámpago de memoria lo atravesó y lo obligó a suavizar la presión.
- ¿No me reconoces?
Pero no lo preguntaba en el idioma de los extraños, sino en la antigua lengua del imperio.
- Soy Seeri, mi señor.
Y entonces las imágenes lo asaltaron. Imágenes milenarias de su ciudad natal, del dulce valle del Nilo, de los templos de dioses olvidados en la crueldad del desierto.
Seeri, el escriba. Seeri, el esclavo destinado a conservar la memoria. Su mano se abrió con brusquedad y el hombrecito cayó en la tierra seca.
Sin dejar de mirarlo, se levantó y siguió hablándole en la suave lengua de los egipcios.
- Amo, te he seguido desde hace tanto tiempo… Debo advertirte, mi señor… Tantos hombres te persiguen…
Sí, entonces lo recordó. No sus nombres ni sus caras. Sólo recordaba su huida durante días sin fin. Porque sabía el dolor que implicaba ser prisionero de aquellos seres que querían arrancarle su secreto. Un secreto que él mismo desconocía.
Seeri lo observaba con una esperanza desmedida pero él sólo podía guardar silencio.
- Tienen a Celine – dijo el escriba un instante después.
Percibió la angustia en la voz suave y supo que aquel nombre significaba mucho para ambos aunque no pudiera recordarlo.
- Huías tan deprisa, mi señor… Tan deprisa que apenas podía seguir tu rastro – continuó Seeri -. El tiempo seguía su curso inexorable, User-ba, y yo nada podía lograr por mis propios medios.
Él lo observaba, haciendo un esfuerzo por comprender de qué le hablaba, pero su mente sólo le devolvía imágenes inconexas.
- Nada resultó como lo esperabas, señor. Ellos poseen una magia desconocida y poderosa y no tienen piedad.
El egipcio, desconsolado, bajó la mirada.
- ¿Huía, dices? – le preguntó, tratando de entender -. ¿Eso significa que te abandoné… con Celine?
En su pecho un orgullo antiguo como las arenas del desierto gritó ante aquella idea.
Seeri lo miró, horrorizado.
- No, mi señor – negó con vehemencia -. Esos hombres, esos magos, sólo buscan tu secreto. Nos dejaste a salvo de sus garras y te alejaste de nosotros para protegernos, creyendo que nos olvidarían. Quisimos seguirte y compartir tu suerte, pero no lo permitiste. Durante algún tiempo permanecimos ocultos, como lo ordenaste. Pero su magia es poderosa y su voluntad, de hierro. Al fin nos encontraron y arrancaron a Celine de mi lado.
El dolor en su voz lo conmovió.
- Entonces – dijo con firmeza -, debes llevarme con ellos en este mismo instante y, mientras dure nuestro viaje, me contarás mi historia.

Diario de Celine Campbell




24 de julio


Anochece. Éste fue otro día de nuestro agotador peregrinaje y los egipcios que Hermann Dietrich contrató como guías alzan nuestro campamento frente a una nueva tumba.
Con ansiedad nos preguntamos si será al fin la que buscamos. De no serlo, deberemos adentrarnos aún más en el desierto.
Llevamos casi un mes recorriendo este infinito mar de arena y con cada decepción nuestros ánimos han ido decayendo. Sólo Dietrich parece presa de una obsesión cada día más febril y nos obliga a avanzar de prisa y casi sin descanso.
Es poco lo que sabemos de este hombre. Se ha presentado ante nosotros como un eminente egiptólogo y el Museo Británico lo ha designado líder de nuestra expedición. Me mira con recelo, tal vez por ser la única mujer (eso no sería extraño) o tal vez porque sabe que comienzo a dudar de sus intenciones.
Todos estamos emocionados ante la posibilidad de hallar a este casi desconocido miembro de la realeza egipcia, hijo de Ramsés II y su esposa hitita. Pero no puedo dejar de preguntarme si es ése el motivo de su férrea determinación o es otro totalmente distinto que ni siquiera podemos imaginar.




25 de julio


Antes del amanecer comenzamos el descenso por los oscuros corredores de la tumba y un par de horas después estábamos frente a la última cámara funeraria. Permanece sellada con bloques de piedra decorados con la clásica escritura jeroglífica de la decimonovena dinastía.
Me sorprendí por lo bien conservadas que se hallaban las pinturas, pero eso no pareció impresionar a Dietrich.
- Y, ¿bien? – me preguntó con impaciencia unos minutos después -. ¿Qué dicen?
Sé que notó el asombro en mi mirada aunque traté de ocultarlo.
- Creo que se trata de algún tipo de maldición – respondí con calma.
Él se impacientó.
- ¿Sólo eso?
- Tal vez haya más – le dije, tratando de ganar tiempo -. Pero debo examinarlo con cuidado.
La idea no le agradó, pero no se dio cuenta de que le estaba mintiendo.
- Está bien – aceptó de mala gana -. Pero apúrese. Quiero ver lo que hay allí dentro hoy mismo.
Tanta ansiedad no era lógica y me hizo sospechar todavía más.
- No creo que eso sea posible – comenté con suavidad -. Debemos quitar con cuidado los bloques para embarcarlos hacia Inglaterra.
En ese momento, y por primera vez, se enfureció.
- ¡No pienso perder un minuto más! – me gritó -. Si quiere descifrar esos símbolos, hágalo rápido. Dinamitaremos ese muro a mediodía.
- Pero no puede hacer eso – protesté, indignada -. Queremos preservar la historia, no destruirla. Usted firmó un contrato…
El odio que vi en sus ojos me obligó a callar. Un escalofrío me recorrió y supe que debía ceder por el momento o aquella también sería mi tumba.
- Yo estoy a cargo de esta expedición, señorita Campbell – me recordó en un susurro -. Y usted no tiene ningún derecho a opinar sobre mis decisiones. Limítese a hacer su trabajo.
Respiré con alivio cuando me dio la espalda y se alejó. Era verdad que no podía hacer nada para detenerlo.
Coloqué la lámpara junto a la pared y comencé a copiar con cuidado los jeroglíficos, sin prestar atención a lo que significaban. Estaba sola con mis pensamientos, sólo el susurro del viento en los corredores me acompañaba y la tristeza de saber que al fin mi sueño no se había cumplido. No iba a devolverle su lugar en la historia a aquel hijo de reyes, sino a destruir lo que otros habían hecho para conservarlo.
Inevitablemente, mi plazo se cumplió y Dietrich me obligó a abandonar la tumba y regresar al campamento. Podría haberlo convencido de postergar sus planes para mañana aduciendo que necesitaba más tiempo. Pero, ¿qué diferencia puede hacer un día más para algo que ha existido durante tres mil años?
Dietrich permaneció abajo con sus hombres hasta que el sol se puso. No encontró manera de convencerlos de que siguieran durante la noche y se encerró en su tienda, furioso.
De nuevo me pregunto quién es este hombre. Llegó desde Alemania con las mejores recomendaciones y sin embargo es incapaz de comprender un jeroglífico tan simple como el que encontramos. ¿Cuál es su verdadero interés? ¿Qué es lo que espera encontrar dentro de esa cámara?




26 de julio


Ha sido otra jornada de agitada actividad (aunque por supuesto no se me permitió intervenir).
En cuanto el cielo empezó a clarear, Dietrich y sus trabajadores se internaron en la tumba con picos y palas.
Las horas del día fueron más largas y sofocantes que nunca imaginando el destrozo que estarían provocando en aquellas ruinas sagradas. ¿Sería el sepulcro de nuestro príncipe?
Eso me preguntaba mientras elaboraba una y otra versión de los jeroglíficos que había copiado en mi cuaderno de notas. Es sumamente sencillo y, sin embargo, de una oscuridad en la que no puedo penetrar. Sea él o no, hemos descubierto algo excepcional.
El atardecer llegó al fin dándonos alivio. Nunca antes había estado en el desierto y, a pesar de todo lo que de él conocía, la experiencia es totalmente distinta. El calor seco, el viento incesante y el silencio son algo imposible de capturar en palabras.
La noche fue bienvenida como siempre, aunque el frío sigue sorprendiéndome.
Estaba sentada frente a una improvisada hoguera cuando Dietrich se unió a mí. Comimos en silencio nuestra cena y después, mientras bebíamos una taza de café, me preguntó con una rara cortesía sobre mi traducción.
- Es lo usual – respondí sin darle mayor importancia -. Invocaciones a los dioses pidiendo protección para el alma durante su viaje por el otro mundo.
- ¿Nada sobre su identidad? – preguntó tratando de disimular su inquietud.
- Nada claro – dije con sinceridad -. Sólo se refiere a él como “el hombre que tiene mil nombres y uno solo”. Tal vez, si el profesor Huntington estuviera con nosotros podría decirnos lo que eso significa.
Dietrich se mostró desconcertado.
- Sí – convino -. Seguramente él lo sabría.
Guardó un minuto de silencio y después agregó:
- Pero usted me habló de una maldición…
- Ah, sí – le contesté como si no tuviera importancia -. “Quienes profanen este lugar sagrado serán abrasados por la llama de Osiris” – cité -. Es una maldición original, según creo, pero nada fuera de lo común. Al menos en aquel momento, servían para detener a los saqueadores.
Captó el reproche implícito pero se limitó a fruncir los labios. No sabía qué se traía entre manos pero estaba segura de que no me había buscado sólo para tener compañía.
- Parece estar convencido de que es él – le comenté -. ¿Encontró pruebas?
Me miró en silencio durante un momento. Algo lo hacía dudar. No quería confiar en mí pero finalmente decidió que era la mejor de sus opciones.
- Acompáñeme – dijo de pronto, mientras encendía su lámpara.
Se dirigió a la tumba y, por supuesto, lo seguí.
La luz era tan débil que apenas me permitió ver el desastre que habían hecho durante el día. Prácticamente habían demolido las paredes y reducido a escombros la historia que contaban sus pinturas.
Pero Dietrich ni siquiera se molestó en observar mi reacción. Lo que lo preocupaba era el sarcófago, que obviamente había tratado de abrir sin éxito.
- ¿Qué me dice de esto?
A estas alturas cualquiera habría notado que sus conocimientos arqueológicos eran casi inexistentes. Por mi mente se cruzó la palabra “impostor” pero no podía detenerme a pensar en eso. Estaba maravillada, como seguramente lo había estado él. Era un trabajo exquisito. Las figuras de los dioses incrustadas sobre la tapa estaban forjadas en oro y los dibujos en miniatura que adornaban las paredes laterales parecían contar todos los secretos del Antiguo Egipto.
- Señorita Campbell…
La voz agria de Dietrich me obligó a volver a la realidad.
- ¿Sería tan amable de darme su opinión?
Su fingida paciencia me alertó. Empezaba a pensar qué parte de culpa tendría Dietrich en la enfermedad de Theo. Sin duda había creído conveniente que permaneciera en El Cairo. Separándonos, se evitaba un problema.
- Es algo único – declaré sin comprometerme.
Él no logró ocultar su nerviosismo.
- Ya lo sé – me contestó con tono seco -. Pero, ¿cree que es él?
- ¿Cómo puedo saberlo? – le dije con algo de resentimiento -. Sus hombres lo han destruido todo.
Pensé que iba a enojarse pero, en cambio, contempló los muros despedazados con cierta tristeza.
Aquellos momentos de silencio me sirvieron para decidirme. Si le decía a Dietrich la verdad, ordenaría que abandonásemos el lugar y continuáramos la búsqueda. Y aunque ese maravilloso sarcófago contuviera los restos de otra persona y no los del hijo de Ramsés, seguía siendo un hallazgo extraordinario.
- ¿Puede traducirlo? – me preguntó un instante después.
- Veré lo que puedo hacer – respondí con cautela mientras me arrodillaba y acercaba la lámpara para ver con claridad los jeroglíficos.
Él permaneció a mis espaldas, muy quieto y silencioso aunque se notaba exageradamente ansioso.
- Habla de la batalla de Kadesh – comencé a contarle -. Menciona cada una de sus etapas, la victoria de Ramsés II y el tratado de paz que firmó con el rey Muwatalli. Como signo de buena voluntad, una de las princesas fue traída a Egipto para desposarse con él.
Observé los demás símbolos con atención y, como el tiempo pasaba rápidamente, Dietrich perdió la calma.
- ¿Qué más? – me exigió.
- Hay una genealogía de las esposas de Ramsés y de sus hijos… Una alusión algo oscura a Nefertari… - continué a pesar de que la emoción me entrecortaba la voz -. El primogénito de la princesa hitita desapareció a la edad de doce años y, al parecer, ella también.
- Entonces, ésta es su tumba – me interrumpió, impresionado.
- Aquí no dice eso – le aclaré -. Relata los últimos años del reinado de Ramsés y cómo, después de su muerte, decayó el poder del imperio.
- ¿Eso es todo? – se decepcionó.
- Prosigue con la historia de los faraones que lo sucedieron, Mineptah y Ramsés III, y sus esfuerzos por defenderse de los libios y otros pueblos…
Me quedé en silencio, conmovida como jamás lo había estado en mi vida. Podría haber seguido leyendo, pero mientras más se alejara el relato de la época del Imperio Nuevo, más se convencería Dietrich de que aquello no era lo que con tanto furor buscaba.
- Es probable que lo hayamos encontrado – susurré, tratando de sonar persuasiva -. Necesitamos hacer pruebas para determinar la edad de los materiales pero, sin duda, la escritura pertenece a su dinastía.
Él parecía haber sido paralizado. Sus ojos se clavaban en el sarcófago con desesperación.
- No debería ser tan difícil – comentó como si hablara consigo mismo.
- ¿Qué? – le pregunté.
De pronto recordó que yo seguía a su lado.
- No hemos podido abrirlo – me confesó.
Claro, era eso lo que habían tratado de hacer durante todo el día. De haber podido, habría destruido también el sarcófago porque lo que él en realidad esperaba encontrar se hallaba en su interior.
Me incorporé y le señalé el borde sobre el cual descansaba la tapa.
- Observe – le indiqué -. Ocho bajorrelieves con la forma sagrada del escarabajo. Es el símbolo de la inmortalidad. Pero no son adornos… son cerrojos.

Antes de que el sol asomara por completo, comenzamos nuestro regreso a El Cairo. Aunque técnicamente no engañé a Dietrich, sí le oculté parte de la verdad. No sé quién será y, para ser sincera, no me interesa descubrirlo.
Lo único que importa es que, hijo de Ramsés o no, él viaja con nosotros. Y sé que a Theo le alegrará vernos.





El Cairo
9 de agosto


Después de miles y miles de años, esta tierra misteriosa no está dispuesta a rendirse a los deseos del mundo occidental y moderno. El tiempo transcurre como debe transcurrir, las cosas suceden cuando deben suceder y no existe voluntad humana capaz de alterar ese orden ancestral.
Había entendido esto mucho antes de llegar a Egipto y, sin embargo, al ver nuevamente el frente del Grand Hotel, sentí que había pasado una eternidad perdida en el desierto.
Las sombras del vestíbulo me recibieron como una bendición y, en cuanto mis ojos se adaptaron a la fresca penumbra, vi a Theo.
- Celine, querida… - me llamó con su habitual suavidad.
Lucía impecable como siempre, vestido de lino color crema, sereno como si estuviese acostumbrado a ese calor agobiante.
Corrí a abrazarlo, tan contenta como aliviada de volver a contar con su compañía. Dietrich me seguía sin ningún apuro, como si volviera de un paseo matinal y no de una expedición agotadora.
- Profesor Huntington – lo saludó con una leve reverencia.
- Herr Dietrich – respondió Theo con cortesía-. Me alegra verlos.
- A mí también me alegra estar de regreso – comentó él con una discreta sonrisa.
Theo no parecía ansioso por conocer los resultados del viaje, ni molesto por no haber podido acompañarnos.
- Supongo que querrán subir a sus habitaciones – sugirió.
- Claro, con su permiso – dijo Dietrich mientras seguía su camino hacia la recepción.
No pude dejar de sorprenderme ante aquella calma.
- Theo…
- ¿Un vaso de té? – me interrumpió él, guiándome hacia la mesa que estaba ocupando.
Me dejé llevar sin protestas. Estaba exhausta y no sabía de qué manera comenzar a explicarle todo lo que había descubierto en aquellas semanas.
Theo sirvió el té helado y, cuando escuché el hielo tintinear contra el vidrio, pensé que nunca antes había deseado tanto algo como deseaba ahora la frialdad de aquella bebida.
Me senté junto a él y tomé un largo trago de té. Sentía los granos de arenas adhiriéndose a mi piel y abriéndose paso hacia mis pulmones con cada inspiración, pero la necesidad de revelarle la verdad era más urgente que cualquier otra cosa.
- Dietrich nos engañó – le dije con un hilo de voz -. No es el experto que pretendió ser, no es capaz de descifrar los jeroglíficos ni…
- Ya lo sé – me interrumpió Theo.
El asombro me paralizó por un instante.
- ¿Qué? – susurré, sin comprender lo que trataba de decirme.
Theo suspiró con pesar y bebió un sorbo de su té.
- Hace tiempo que sé que el interés de Dietrich nada tiene que ver con la arqueología – me confesó -. Te debo disculpas por no habértelo dicho antes. Creí que así sería mejor…
- Pero, Theo, ¿por qué?
- Por tu seguridad, Celine – me respondió con cariño.
Permanecí unos segundos en silencio.
- Entonces, Dietrich sí fue el culpable de que no pudieras viajar con nosotros.
Theo se inclinó y me tomó las manos.
- No. Tengo mucho que explicarte.
Volví a sorprenderme pero el agotamiento de la travesía por el desierto me impedía pensar con claridad.
- No podemos hablar ahora. Alguien podría escucharnos. Sube y descansa – me aconsejó con una sonrisa -. Esta noche te contaré todo.
Me puse de pie, entendiendo que era inútil seguir ahí, que el cansancio me dominaba. Me despedí de Theo con una sonrisa y subí las escaleras lamentando el momento en que tendría que decirle que lo había decepcionado, que el sarcófago que habíamos traído con nosotros no podía ser el del hijo de Ramsés.




Darme un largo baño había sido un lujo con el que había soñado durante las últimas semanas. Sumergida en el agua tibia y perfumada, el agotamiento me venció, trayéndome extraños sueños donde la maldición se repetía como un eco mientras recorría los húmedos pasadizos de una cripta buscando en vano la salida.
Me desperté sobresaltada por la campanilla del teléfono. El agua estaba helada y cuando salí del baño descubrí que ya era de noche.
Theo llamaba para avisarme que Dietrich tenía otros compromisos y no iba a acompañarnos.
- Voy a pedir que suban nuestra cena a mi habitación, así podemos hablar con tranquilidad.
Estuve de acuerdo.
- ¿Estás bien? – me preguntó.
Me reí sin ganas.
- Claro. Tuve una pesadilla, eso es todo.
Pero mientras me vestía, no dejé tener la sensación de que alguien me observaba.

Continuará…